Una magnetosfera planetaria es la cavidad creada en el viento solar por el campo magnético propio de un planeta. La presión magnética del campo planetario detiene el flujo solar y lo desvía en torno al planeta, formando una región con forma de gota: comprimida en el lado diurno (magnetopausa a unos 10 radios planetarios) y extendida en una larga cola magnética en el lado nocturno. Dentro queda atrapado un plasma estructurado en cinturones de radiación (los cinturones de Van Allen en la Tierra), anillos de corriente y zonas aurorales. La frontera exterior, donde el viento solar empieza a frenarse, se llama arco de choque (bow shock); le sigue una región turbulenta, la magnetofunda, antes de llegar a la magnetopausa propiamente dicha.

La existencia de una magnetosfera fuerte, como la terrestre, protege la atmósfera del flujo erosivo del viento solar y reduce el flujo de partículas cósmicas en la superficie —factor relevante para la habitabilidad sostenida de un planeta—. Marte y Venus, sin campo magnético intrínseco significativo, han perdido buena parte de su atmósfera primitiva al estar expuestos directamente al viento solar; sondas como MAVEN han medido directamente esa pérdida en Marte. La Tierra debe su magnetosfera a una dinamo generada por convección en su núcleo externo de hierro líquido.

Júpiter posee la magnetosfera más grande del Sistema Solar: si fuera visible desde la Tierra, ocuparía un área mayor que la Luna llena. Está alimentada por el plasma que arrancan los volcanes de Ío (≈ 1 t/s) y atrapa partículas hasta energías de cientos de MeV, generando una de las regiones más radiactivas conocidas. Saturno, Urano y Neptuno también tienen magnetosferas; las de los gigantes helados muestran ejes magnéticos fuertemente inclinados respecto al de rotación, una peculiaridad aún sin explicación definitiva.

Tierra (magnetopausa diurna)
≈ 10R⊕
Cola magnética terrestre
> 100R⊕
Júpiter
≈ 100R_J
hasta órbita de Saturno
Mercurio
≈ 1,5R_Merc