Un tránsito ocurre cuando un cuerpo aparentemente más pequeño pasa por delante de otro de mayor tamaño angular desde la perspectiva del observador. A diferencia de una ocultación, el cuerpo de fondo no queda tapado: permanece visible alrededor del que transita, de modo que solo se aprecia una mancha oscura recorriendo un disco mayor. El fenómeno es, por tanto, un caso particular de alineación geométrica entre el observador, el cuerpo en tránsito y el cuerpo de fondo.
Para que se produzca un tránsito hacen falta dos condiciones: que el cuerpo interpuesto presente un tamaño angular menor (por ser físicamente más pequeño o estar mucho más cerca del observador) y que la alineación caiga dentro de los estrechos márgenes que imponen las inclinaciones relativas de las órbitas. Como esos planos no coinciden exactamente, la mayoría de las conjunciones no producen tránsito alguno. Por eso son acontecimientos relativamente raros pero perfectamente predecibles, no sucesos cotidianos.
En el Sistema Solar son célebres los tránsitos de Venus y Mercurio por el disco solar. Históricamente fueron clave para medir la unidad astronómica: cronometrando el paso desde puntos muy separados de la Tierra y aplicando paralaje, los astrónomos de los siglos XVIII y XIX estimaron la distancia Tierra-Sol con notable precisión. También las lunas galileanas de Júpiter transitan ante el planeta, proyectando sombras nítidas sobre sus nubes; observarlas con un telescopio modesto es relativamente sencillo.
En astronomía estelar, el método del tránsito detecta exoplanetas registrando la leve caída periódica del brillo de la estrella anfitriona cuando un planeta pasa por delante. La profundidad de esa caída revela el tamaño del planeta en relación con la estrella, mientras que la repetición regular del evento permite deducir el período orbital. Misiones como Kepler y TESS han descubierto así miles de mundos.